lunes, 2 de septiembre de 2019

El Convite y lo que nos falta por hacer





Por: Marcel Márquez


El fin de semana terminó la segunda edición del festival El Convite, evento sucesor que llegó el año pasado para llenar el vacío que dejó en el 2017 el festival financiado por el Estado venezolano “Suena Caracas”. En lo particular, este nuevo festival me convoca como ciudadano (por diversas razones), como productor no me convoca por experiencias puntuales con su manera de responder al talento y tampoco como DJ porque percibo un criterio muy limitado en su lectura del panorama musical actual y, ojo, no me refiero a géneros musicales, sino a curaduría. 


Esta mirada crítica, en un sentido edificante, en ningún momento pretende calificar el festival de malo o bueno, ya que no me siento con la autoridad para juzgar el gusto de sus productores ni de los cientos de asistentes que disfrutaron el evento. Por el contrario, me parece totalmente plausible que estos jóvenes en un momento de crisis económica y cultural inviertan su tiempo y energía creativa generando espacios de entretenimiento, aunque es debatible que un grupo cercano a instituciones oficiales sean los escogidos a dedo para manejar los recursos y el criterio de un festival financiado por el Estado, cuando lo correcto sería -como en cualquier ciudad del mundo- abrir concursos para escoger las propuestas de productoras independientes con mayor background cultural y conocimiento del pulso de las tendencias culturales a nivel mundial.



A esta nueva edición de El Convite se le inyectó una cantidad de recursos técnicos importante, con un gran despliegue a lo largo del Parque Los Caobos, donde durante tres días el público tuvo acceso a 14 estaciones y tres escenarios con diversidad de ofertas culturales. Esta variedad multidisciplinaria es un acierto incuestionable. En este momento de tensión diaria que vive la ciudad, convertirse en una ventana para el ciudadano, que muestre la diversidad estética que tenemos alrededor y muchas veces no percibimos, es el máximo logro de este festival. Congregar en un mismo espacio además de la música y la rumba, clases de yoga, ilustradores, teatro, circo, conferencias y talleres diversos, es un logro más que positivo para la ciudad .


Muy distante de pretender ser mezquino con el esfuerzo de este festival, la intención más bien es invitar a todos los que hacemos vida en la ciudad de Caracas a debatir sobre el rumbo de nuestra industria cultural. Es aquí cuando comienzan a aparecer las interrogantes ¿dónde sigue la continuidad de estos talleres?¿Hay estadísticas que determinen qué artistas quiere ver el público? ¿Quién decide qué artistas y qué talleres quiere ver el público? ¿La continuidad de un evento de ese tipo lo determina la permanencia de un funcionario en una institución? ¿Qué va a pasar con el festival el próximo año con un cambio de gobierno? ¿Es autosustentable este festival?

Todas estas inquietudes comienzan a surgir y prenden alarmas en la memoria, haciendo un recuento de los últimos 15 años de una hegemonía cultural controlada por el Estado venezolano, que se va quebrando cada vez más con la ausencia de recursos y las movidas de mata de las instituciones del Estado. Cuando Freddy Ñañez desaparece de la Alcaldía de Libertador se desvanece el Suena Caracas, cuando sale Jacqueline Faría del Gobierno del Distrito Capital perdieron su continuidad la ruta nocturna y otras iniciativas importantes para la ciudad como el Festival Internacional de Cine, con Juan Barreto quedaron en el recuerdo muchos proyectos de cultura urbana potenciales para Caracas o iniciativas como “Por el medio de la calle” pioneros en este tipo de eventos en la ciudad, que duró ocho ediciones, siempre tambaleándose a merced de las decisiones de funcionarios de la Alcaldía de Chacao y del gobierno central de la ciudad, siendo un proyecto independiente.

Me parece pertinente aprender ya de una vez de los errores del pasado y entender que una economía cultural se genera desde cero, se construye y no depende de un subsidio o financiamiento neto de una chequera del Estado. Una economía cultural se construye con aliados, fuerzas creativas, economías naranja y todo esto emerge desde un piso real, pensando en metas reales y posibles de alcanzar. No se construye una economía cultural queriendo replicar textualmente experiencias foráneas, pensando en múltiples grammys cuando, ni siquiera, tenemos una industria cultural independiente con estadísticas de la producción de contenido anual. 

¿Cuál es la receta? No hay una mágica, se va construyendo en el camino, pero con los pies en la tierra, y es aquí donde quiero hacer énfasis, invitándolos a pensarnos esa industria cultural sustentable, independiente, honesta, nuestra, construida con pasión, sin soberbia, ni pirámides. Debemos comenzar a identificar los capitales de la ciudad que son subestimados y subutilizados: personas, ideas, redes, materiales, recursos, lugares y modos de comunicación. 

Para el desarrollo de esta industria cultural sustentable es fundamental los procesos formativos con continuidad, abrir el debate académico, generar contenido didáctico, fomentar talleres, foros, convenciones y, muy importante, recuperar experiencias pasadas como la fábrica de la música Un-Convention o la Feria Internacional de Música de Venezuela (FIMVEN), espacios ideales para la formación y el intercambio de ideas con actores de la industria cultural a nivel mundial.

Deseo honestamente que esta iniciativa del festival el Convite perdure en el tiempo como los festivales más longevos alrededor del mundo, pero creo oportuno que profundicemos como ciudadanos y creadores en el fortalecimiento de economías culturales sólidas que vayan creciendo de manera orgánica y superando conflictos de intereses. Ahora más que nunca necesitamos diversidad dentro del área cultural que amplíe los circuitos de entretenimiento desde lo micro hasta las experiencias macro de grandes festivales alrededor del país.

Hay ejemplos ya en la ciudad de pequeñas economías culturales sustentables con panas que le meten el pecho desde la autogestión, sin los recursos técnicos o económicos de una Alcaldía o una institución del Estado; panas que dicen “¡lo voy a hacer!” y lo hacen, experiencias como El Otro Rock, Teatros Automáticos, MakinaCrea, Bajo el árbol, Soziedad lp, Dealer y muchos más. Entonces, es ahí donde está la fuerza para de verdad construir algo orgánico y que permanezca en la historia, sino cada cuatro años con un cambio de alcalde o gobernador la industria cultural comenzará desde cero.

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